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Por: Adriana Villegas Botero

Como el Ratón Pérez no está en cuarentena ayer visitó nuestra casa. En el día 13 del encierro mi hija me dijo “tengo un diente flojo” y yo, que me mareo viendo sangre pero descubrí hace rato una vocación tardía de odontóloga, le dije “ven, muéstrame”. Apenas lo tuve entre mis dedos lo jalé. Fue tan rápido que ni siquiera lloró. Y tan pronto lo vi en mi mano pensé: “¿ahora de dónde saco las monedas de chocolate que siempre ha encontrado en su media?”.

El Ratón Pérez cambió el menú: dejó chocolatinas jet y un billete de $5.000. A mi hija le gustó, sobre todo el capital, y seguramente le contará la novedad a sus amigos cuando hagan el próximo encuentro virtual. Ya ha tenido dos: se reúnen por Google meet la mayoría de los 17 compañeros de segundo de primaria y la mitad de la reunión se les va gritando “hablen de a uno”. No saben aún silenciar el micrófono. La otra mitad la dedican a mostrarse sus juguetes favoritos, a reírse a carcajadas, a hablar de las series que están viendo (Capitán Calzoncillos, Gravity Falls, Clarence, Pokemon, Jefe en pañales) y a poner quejas. Mi hija les dijo a sus compañeros: “mi mamá es malvada. Ni siquiera me deja ir al parque y si el coronavirus estuviera allá obvio que ya se hubiera muerto el pasto”.

Como casi todas las mamás que conozco, yo también me siento culpable. Cuando estoy en la oficina por no tener más tiempo para estar con ella, por no recibirla cuando llega del colegio, por estar muy cansada por la noche para jugar y jugar y jugar. Ahora que ajustamos dos semanas juntas me retumban todas las advertencias sobre limitar el tiempo de televisión y pantallas. Ella hace teletareas conmigo en el computador y luego se enchufa a Netflix o Youtube mientras yo teletrabajo. Ayer, en un ataque de creatividad y culpa, la dejé con vinilos haciendo manualidades, mientras yo atendía una reunión de la oficina (maquillada, con blusa bonita, pantalón de sudadera y pantuflas). El resultado fue una tarde feliz y una mancha multicolor en el piso de madera, que todavía no termina de salir.

Cocinar nunca ha sido mi fuerte. Habiendo tanto para leer me molesta el concepto de “cocine a fuego lento”. Nunca sé calcular la cantidad de agua ni de sal. Esta semana preparé lentejas. Puse el computador en la cocina y mientras asistía a una charla virtual de mi trabajo pelé las papas y piqué la zanahoria en cubitos. Cuando serví el almuerzo mi hija me preguntó ¿por qué te quedaron así?

Desistí de mi idea de poner a remojar fríjoles.

Afortunadamente no todos los días hemos comido menú de guerra. Mi exmarido ha preparado almuerzos exquisitos, y también a veces madruga a hacernos el desayuno. Sí, mi exmarido, que ahora es mi posnovio (el amor después del amor, diría Fito), pasa la cuarentena con nosotras. Pero esa es otra historia… una noticia en desarrollo sobre la que por ahora no pienso escribir.

Foto: Adriana Villegas Botero

Fecha de publicación:  27 de marzo de 2020

Perfil del autor

Adriana Villegas Botero es comunicadora social y periodista, abogada, magíster en estudios políticos y estudiante del doctorado en literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira. Autora de la novela El oído miope (2018) y el libro de cuentos El lugar de todos los muertos (2019). Actualmente es la directora de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Manizales.

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